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MANUEL HINDS - 28 abril 2013

De vertical a horizontal
         
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Los años que han pasado desde el fin de la guerra han sido testigos de los comienzos de un cambio fundamental en la estructura social salvadoreña. Este cambio tiene varias manifestaciones—la población se ha urbanizado (mientas que en los ochentas el 60 porciento de la población era rural y el 40 porciento urbana, ahora es al revés); está mejor educada; se ha motorizado (hay más de 600 mil carros particulares en el país); ha accedido a los medios modernos de información y comunicación (hay más celulares activos que habitantes en el país); una nueva clase media ha emergido y se ha consolidado, cambiando los patrones de consumo de la población. Todo esto es impresionante, pero no es lo más importante, ni es el cambio más radical.

Lo que realmente está comenzando a cambiar al país de una manera profunda e irreversible son las nuevas actitudes que han permeado al grueso de la población durante estas dos décadas—actitudes que son radicalmente diferentes a las que habían caracterizado a la población salvadoreña desde la época de la colonia—y los efectos que esas nuevas actitudes están teniendo en la trama social, política y económica del país.

Como el resto del mundo, El Salvador fue durante la colonia una sociedad organizada verticalmente, en las que las personas se definían en términos de su posición en una escala social (debajo de tal, encima de cual), en lo que el famoso filósofo escocés David Hume definió como un largo tren de dependencias. El campesino tenía una relación más estrecha hacia arriba, con su patrón, que hacia los lados con sus colegas campesinos.

Esta escala no sólo era vertical sino también fija. Las personas tenían una posición desde que nacían y la mantenían por la vida entera. Los hijos de artesanos crecían para ser artesanos también, los mercaderes lo eran la vida entera, los terratenientes lo eran para siempre. Uno de los papeles principales de las instituciones gubernamentales y religiosas era mantener a la gente en el lugar que les correspondía y evitar que su mundo cambiara. Las cofradías, por ejemplo, organizadas por oficios, restringían el acceso a estos oficios para que no hubiera competencia, y normaban cómo se organizaba su ejercicio (estableciendo escalas de maestros, obreros y aprendices) y especificando cuanto ganaba cada tipo de profesionista. Nadie que no fuera de la cofradía de carpinteros, por ejemplo, podía ser carpintero. Y a nadie se le ocurría que un aprendiz de carpintero pudiera subir más allá que se maestro de carpinteros o incluso que pudiera moverse horizontalmente para llegar a ser mercader.

Dentro de esta organización vertical había un entramado horizontal, que no correspondía a variables económicas como las que existen ahora en términos de clases sociales pobres, medias y ricas. Este entramado horizontal distinguía a la gente no por lo que hacía, ni por lo que tenía, sino por lo que en esa sociedad se consideraba lo que era—de alcurnia, de medio pelo, mengalos y pobres.

Creciendo en esa sociedad, la gente aprendía a definirse a sí misma en términos de la posición que ellos y sus familias tenían en esa trama social, y a dar deferencia a los más encumbrados en la trama social (alcurnia, medio pelo, mengalos y pobres) y esperarla de los más cercanos al suelo. Naturalmente, los de más alcurnia tendían a ser los propietarios y los jefes, y los de menos los que hacían las tareas manuales. También naturalmente, los líderes políticos a nivel nacional y a nivel de los pueblos y cantones tendían a ser los propietarios y de alcurnia. Esa estructura social no estaba grabada en piedra sino en las mentes y las actitudes de los salvadoreños, que esperaban de los de alcurnia no sólo empleo y apoyo sino guía en cuestiones políticas.

Esto fue cambiando poco a poco durante nuestra vida independiente, pero el cambio todavía era poco perceptible en el último cuarto del siglo XX. La mentalidad vertical que prevalecía en el país era tan fuerte que contagió a los revolucionarios de izquierda que trataron de escalar el poder por medio de la guerra en los ochentas y políticamente después. Combatiendo en una sociedad vertical, adoptaron la misma estructura que tenían sus enemigos, y se definieron como jefes y obedientes, y así estructuraron su partido, verticalmente.

Pero, de pronto, después de la guerra, la población salvadoreña comenzó a cambiar su mentalidad de vertical a horizontal, a definirse en términos de sus relaciones con sus pares y no en términos de a quién son inferiores y sobre quién son superiores, a ver como natural la movilidad social y, más que nada, a pensar por ellos mismos, sin esperar guía alguna de ninguna clase social o el alguien que se considere superior en términos de alguna medida.

Como en Europa al final de la Primera Guerra Mundial, este cambio se ha dado en parte por las experiencias que los pobladores más viejos tuvieron durante la guerra (que vieron en la guerra el colapso de la arcaica autoridad jerárquica y vivieron las consecuencias de su fatal rigidez) y en parte por la influencia de esa nueva juventud que vive con celulares, computadoras y ipads o aspiran a tenerlas. Con todos los defectos que tenemos, nuestra sociedad es mucho más libre, urbana y moderna que la que existía antes de la guerra.

Estos nuevos jóvenes ven ridículas las nociones de alcurnia y se burlan de ellas. Se dan cuenta de que en muchos casos ellos son más educados y más leídos y que tienen más vida cultural que muchos de los líderes políticos del país. Más que nada, sienten que se bastan entre ellos para vivir una vida plena, divertida y próspera económicamente. Van de compras a los centros comerciales, llenan los bares y los restaurantes y todo lo que ven es gente como ellos, jóvenes, llenos de vitalidad, informados de lo que pasa en el mundo. No necesitan a nadie de quien depender. Sus admiraciones son horizontales, no verticales. Ya no hay medio pelo ni mengalos. Lo que hay es una pujante clase media.

Este cambio tiene muchas consecuencias económicas. Producir casas para la clase media, por ejemplo, es un campo mucho más grande y rentable que producirlas para las clases altas. Igual pasa con todos los tipos de productos. Pero en donde las consecuencias de estas nuevas actitudes son más profundas es en la política.

Los nuevos salvadoreños ya no aceptan la verticalidad de las estructuras políticas de antaño. Ya no quieren delegar sus opiniones políticas a personas que se consideran más altas que ellos en alguna escala política, económica o social. Quieren decidir ellos por quién votar, y quieren hacerlo de una manera racional, escogiendo al candidato que les ofrezca políticas que hagan sentido para resolver los problemas del país. Y al entrar a un partido político quieren participar, no que los manden a pegar papeles. Ya no quieren ser rebaño y no quieren ser tratados así.

Los partidos políticos tienen que entender esta nueva realidad y abrirse a la participación de jóvenes y menos jóvenes, y modificar sus estructuras para acomodarse a una sociedad que se está volviendo cada vez más independiente y horizontal. Los que no lo entiendan, van a colapsar sin siquiera entender qué fue lo que los acabó.

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