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MANUEL HINDS - 18 marzo 2013

Hoy sí, la revolución mexicana
         
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México fue aceptado en 1994 al club de los países desarrollados, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OECD por sus siglas en inglés) como una muestra de que el mundo pensaba que México estaba ya a punto de desarrollarse. No hay duda de que México ha avanzado muchísimo en su desarrollo desde ese momento, mucho más de lo que parece desde afuera. El país es ahora una economía plenamente industrializada, que produce bienes y servicios muy sofisticados y, único en Latinoamérica, que tiene empresas y marcas que compiten en el mundo entero (como la cerveza Corona, CEMEX y Pan Bimbo). Pero México todavía no ha visto reflejado en su crecimiento este nivel de desarrollo que está alcanzando. Mientras que la economía mexicana ha crecido 20 por ciento desde 1994, las economías de la OECD creció el 30 por ciento, y la del mundo entero el 45 por ciento.

El crecimiento económico no es el único indicador en el que la economía mexicana ha mostrado atraso. Los indicadores de educación, salud e imperio de la ley, aunque mejores que en muchos otros países en desarrollo, son, con mucho, los peores de la OECD. México, una economía moderna y pujante, se estaba negando el camino al desarrollo.

Como en todos los países en desarrollo, el problema de México no es la falta de dinamismo, sino la anulación de este por enormes redes de clientelismo a través de las cuales políticos deshonestos otorgaban privilegios económicos a ellos mismos o a empresarios dispuestos a apoyar a los políticos, en un círculo vicioso en el que la actividad económica se veía ahogada por las restricciones que los políticos deshonestos imponían para luego removerlas como privilegios sólo a los que los apoyaban. Estas redes clientelistas traban todo para luego cobrar por destrabarlas. El gran perdedor ha sido el pueblo. Los beneficiarios han sido de tres tipos, que en realidad son expresiones de una misma categoría de personas que se aprovechan de sus conexiones políticas para ganar económicamente y de sus ganancias económicas para ganar políticamente: la enorme red de políticos clientelistas, los jerarcas de los grandes sindicatos y los empresarios que han vivido de favores estatales. Los obstáculos puestos por estas redes a la competencia, la modernidad y la eficiencia han sido lo que ha estancado a México por tantos años.

En México, como en todo el mundo subdesarrollado, parecía que estas redes eran imbatibles, que era imposible enfrentarse a ellas, y que ningún presidente o partido político se iba a atrever a hacerlo.

Pero parece que la cuña, para que apriete, tiene que ser del mismo palo. Inesperadamente, porque se le pintaba como una persona sin profundidad, el Presidente Enrique Peña Nieto ha asumido el poder con un propósito bien claro: liberar a México de esas terribles cadenas que impiden que sea el primer país latinoamericano en ingresar al pleno desarrollo. Es una cuña del mismo palo porque fue su Partido Institucional Revolucionario (PRI) el que creó esta red de clientelismo. Es impresionante, sin embargo, la determinación que Peña Nieto ha mostrado desde sus primeros días de terminar con esto. En este corto tiempo ha mostrado cual es su plan de batalla y lo ha comenzado a poner en práctica.

Ha escogido cuatro blancos para desenmadejar las redes de clientelismo: el sindicato de maestros, nido de corrupción que no permite la modernización de la educación y por tanto el desarrollo de largo plazo del país y la eliminación de la pobreza; el sindicato de Petróleos Mexicanos (PEMEX), también un nido de corrupción, que no permite la modernización de la industria petrolera y convierte a PEMEX en una de las empresas petroleras menos eficientes del mundo; las telecomunicaciones, que (diferente a El Salvador) se privatizaron en monopolio y representan no sólo una fuente de enormes rentas monopólicas que han hecho a su dueño (Carlos Slim) el hombre más rico del mundo a costa de cobrarle a los mexicanos demasiado por sus llamadas sino también un obstáculo para que México se integre al mundo; y las empresas de televisión, que conforman un oligopolio que no permite competencia.

Peña Nieto ya comenzó mandando a la cárcel a Elba Esther Gordillo, la líder del sindicato de los maestros, por su gruesa corrupción. El objetivo no es meter presos a estos personajes, aunque algunos pueden terminar en la cárcel por crímenes cometidos en sus redes, sino desmontar éstas para que el país pueda crecer. Por supuesto, estas redes no son las únicas, pero son lo suficientemente importantes como para demostrar que no son invencibles y para que al debilitarlas sea más fácil terminar con las otras. Lo que está buscando el gobierno mexicano no es sustituir una red de privilegios por otra, que es lo que la izquierda radical ha hecho en muchos países, recetándose los monopolios que quita a la derecha, sino abrir los mercados y las instituciones para que haya más competencia y pueda entrar la verdadera modernidad a México.

Fuertes batallas vienen ahora para remover los privilegios de las otras grandes redes de clientelismo. Pero es claro que Peña Nieto las ganará. Tiene de su lado al electorado, que al fin ha entendido que la corrupción y el clientelismo son los enemigos más grandes. Ya, diferente de la Caperucita Roja, aprendió a distinguir a su abuelita del lobo que se la quiere comer.

La reforma, que es una verdadera revolución, viene de la derecha, no de la izquierda. ¡Qué bueno para la derecha que ha entendido que su esencia es promover la democracia, los derechos individuales y las oportunidades iguales para todos, no defender los privilegios otorgados por gobiernos! Al fin comprendió que estos privilegios deben ser eliminados, no defendidos, y que mientras no se eliminen, se mantendrá abierta la puerta para las dictaduras y el atraso económico, mientras que si se eliminan se abren las puertas al progreso. Ojalá que aprendamos del avance de México.

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