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MANUEL HINDS - 13 marzo 2013

Marx, Chávez y la tragedia de la América Latina
         
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Una de las tragedias más grandes de la América Latina es nuestra incapacidad de llamar a las cosas por lo que son y así aprender de nuestros errores. Víctimas de una incurable cursilería intelectual, preferimos hablar con eufemismos y evitar los hechos y los razonamientos que nos pueden enfrentar con nuestras realidades. No es extraño, entonces, que repitamos nuestros errores una y otra vez, no año con año sino siglo con siglo.

Este es el caso de nuestra tendencia a caer bajo la férula de ridículos caudillos que a través de extraer para su propio beneficio la riqueza existente en la región y bloquear la generación de nueva riqueza han asegurado por dos siglos que seamos siempre pobres. Por dos siglos desde nuestra independencia, la región ha criado tirano tras tirano a todo lo largo y ancho del continente. Todos—desde Juan Manuel Rosas y el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia que gobernaron por décadas en Argentina y Paraguay en los primeros años después de la independencia, hasta Rafael Carrera, Anastasio Somoza, Juan Domingo Perón, Getulio Vargas, Fidel Castro y Hugo Chávez—todos han escalado el poder y han justificado su tiránico control de la sociedad pintándose a sí mismos como los abanderados de los pobres, de la democracia y de la dignidad latinoamericana. Todos, todos, han prometido un milagroso salto hacia el desarrollo, logrado sin ningún esfuerzo de la población.

Ninguno ha cumplido con lo que ha prometido. Sus legados económicos han sido países quebrados por las políticas populistas que han aplicado por décadas enteras. Sus legados políticos han sido sociedades resquebrajadas por las políticas divisivas que les han permitido a los tiranos dominar al pueblo, poniendo a los pobres contra los ricos, a los empresarios contra los trabajadores, a los de izquierda contra los de la derecha. Esto ha pasado tantas veces que da vergüenza que siga pasando.

En cualquier parte del mundo uno esperaría que si algunos ciudadanos cayeran ante los engaños de algún estafador populista, los otros ciudadanos aprenderían rápidamente a no caer ellos mismos en la misma trampa. No en Latinoamérica. Aquí la gente sigue cayendo siglo tras siglo en la misma estafa, adorando a los caudillos hasta ser totalmente esquilmados, para luego adorar al siguiente que, igual que el anterior, promete e incumple sus grotescas promesas.

Nada más claro que el caso de Hugo Chávez, que acaba de morir dejando a Venezuela en una profunda crisis política y económica a pesar de que el país ha sido beneficiario de un extraordinario boom en los precios del petróleo. Para tener una idea de lo que ha sido el boom que benefició a Chávez, sólo note que los ingresos por exportaciones de petróleo en los cuarenta y un años de 1962 a 2003 totalizaron 464 mil millones de dólares, mientras que en sólo ocho años, de 2004 a 2011, totalizaron 474 mil millones, 10 mil millones más. El promedio anual de 1994 a 2003 fue de 19 mil millones por año; de 2004 a 2012, 59 mil millones.

Con esos volúmenes de recursos se requiere un talento muy especial para hacer lo que Chávez hizo—dejar a Venezuela pobre y endeudada. Con todo el dinero que entró a Venezuela, el ingreso per cápita real (ajustado por la inflación) y ajustado por el poder de compra del dólar bajó 1.8 por ciento de 2007 a 2011 (sí, bajó en vez de subir), mientras que dicho ingreso subió un 11.5 por ciento en el resto de América Latina. La tasa de inflación es 30 por ciento, y la tasa de cambio en el mercado negro es de más de 20 Bolívares por dólar cuando la tasa oficial es de 6.25. Venezuela se encamina a un desastre económico. Nadie sufre estos problemas más que los pobres.

Y sin embargo, en las notas escritas sobre la muerte de Chávez, es muy común leer que "era un defensor de los pobres", "que tenía una gran visión para la región", y que "puso en alto la dignidad de América Latina". Esto es lo que Chávez decía de sí mismo. Pero todo esto contradice la realidad. A los pobres les quitó el beneficio de 474 mil millones de dólares, que se los tiró en promover su imagen y su poder político en Venezuela y en los gobiernos y partidos políticos extranjeros que servilmente lo adoraban; su visión de Latinoamérica nunca pasó de ser un modelo de "Chávez manda-tú obedeces"; y lo que hizo con respecto a la dignidad venezolana y latinoamericana fue hundirla, no ponerla en alto. La dignidad de los pueblos no se eleva gritando insultos y dando viento a envidias y resentimientos. Menos aún se eleva engañándolos y dejándolos como tontos que creen lo que los tiranos dicen de sí mismos aunque contradiga la realidad. El servilismo que Chávez fomentó es lo contrario de la dignidad.

Peor aún, hay muchos que se maravillan de las escenas de lágrimas y gritos de dolor que profieren los que van a ver el cadáver de Chávez, interpretando esto como prueba de que el pueblo lo quería mucho. Estos deberían de ver los videos que existen de los funerales de Rafael Trujillo, el siniestro tirano de República Dominicana que dejó un legado terrible para su país (los videos están disponibles en youtube). En esos funerales, como en los de Getulio Vargas, y como en los de cualquier tirano que como Chávez y Kim Jong II de Corea del Norte ha muerto en el poder (dejando herederos con los que hay que quedar bien), la gente se ha desbordado histéricamente. ¿Debemos creer que Rafael Trujillo y Kim Jong II fueron grandes hombres para sus países, que levantaron su dignidad, que amaron a los pobres, y que sus pueblos los amaban porque las turbas se lamentaron espectacularmente por sus muertes?

En "La ideología germánica", Marx escribió un párrafo burlándose de la credulidad de los que creen todo lo que les dicen en contra de lo que muestra la realidad: "Mientras que en la vida ordinaria cualquier tendero puede perfectamente distinguir entre lo que alguien profesa ser y lo que realmente es, nuestros historiadores no han ganado siquiera esta trivial habilidad. Toman a cada época por lo que dicen de sí mismas y creen que todo lo que ella dice e imagina sobre sí misma es verdad."

Eso es lo que pasa a los latinoamericanos. Toman a cada caudillo por lo que dice de sí mismo y creen que todo lo que ellos dicen e imaginan sobre ellos mismos es verdad. La verdadera pregunta que debemos hacernos ante la muerte de Chávez no es qué de bueno tenía si tanta gente le creyó sino por qué los latinoamericanos no han ganado lo que Marx llamó la trivial habilidad de distinguir entre lo que alguien profesa ser y lo que es, a pesar de que por la falta de esa habilidad la región ha vivido capturada por una legión de ridículos dictadores que no han dejado progresar a la región. Si no adquirimos esa habilidad, pasaremos otros dos siglos en el subdesarrollo, llevando dictadores al poder y buscando qué de bueno pueden tener para así justificar nuestra falta de inteligencia en dejarlos que nos exploten.

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