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MANUEL HINDS - 12 diciembre 2012

Sánchez Cerén, Mujica y las pensiones
         
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El FMLN confronta la difícil tarea de tratar de ganar las elecciones presidenciales del 2014 después del catastrófico papel que su actual gobierno ha hecho en todas las dimensiones de la vida nacional: ha gastado enormes cantidades de dinero, aumentando significativamente la deuda del país, pero no para mejorar los servicios públicos, que en realidad se han deteriorado en volumen y calidad, sino para crear posiciones para sus correligionarios y para aumentar el consumo suntuario de los que ocupan cargos altos ene el gobierno. La prepotencia de los funcionarios ha aumentado a niveles insospechados. Para rematar, ha alienado la inversión nacional y extranjera, causando una seria crisis económica.

Estos problemas complican la dificultad fundamental que enfrenta el FMLN: lograr ser electo por un electorado que es esencialmente moderado y que no comulga con la naturaleza extremista del partido. El FMLN logró llegar a la presidencia en 2009 sólo porque buscó un candidato presidencial que la gente percibía como moderado. Ahora el FMLN quiere llegar a la presidencia con un candidato extremista. Reconociendo que el pueblo salvadoreño no va a elegir a un extremista, el FMLN ha decidido vestirlo de moderado usando técnicas muy conocidas para cambiarle la imagen—tales como mostrarlo abrazándose con José Mujica, un exguerrillero que en la presidencia de Uruguay ha demostrado ser un gobernante moderado, sabio y pragmático. La imagen de los dos abrazándose pareciera sugerir que ambos son similares, o que si no lo eran, algo del pragmatismo de Mujica se transferirá a Sánchez Cerén. Es lo que el FMLN quiere que nos traguemos para ganar un segundo mandato.

Pero esto es claro que no ha sucedido. El FMLN está construyendo esta campaña publicitaria sobre la base de una sola similitud entre Mujica y Sánchez Cerén—que los dos se identifican con la izquierda. Pero así como hay diferencias enormes entre los izquierdistas suecos que han creado el estado democrático benefactor en su país y los izquierdistas de Pol Pot que convirtieron al suyo en un desastre económico, político y humanitario, hay diferencias insalvables entre Mujica y Sánchez Cerén. Estas diferencias son mucho más importantes que la sola denominación política, tan importantes que no puede argüirse que los dos políticos se parecen en lo más mínimo.

El Presidente Mujica de Uruguay ha construido su gran reputación porque ha apoyado la institucionalidad del país, ha respetado los derechos de los ciudadanos y ha promocionado el mercado para lograr crecimiento económico. Esto es lo contrario de lo que Sánchez Cerén está planeando hacer en El Salvador. Para muestra, un botón. El siguiente párrafo, escogido entre muchos similares de su libro "El País que Quiero", retrata lo que es Sánchez Cerén y lo diferente que es de Mujica.

"Pocos lo saben, pero el sistema privado de Administración de los Fondos de Pensiones existente en El Salvador es un negocio para los dos bancos internacionales: Bancolombia y el Citibank, propietarios de los dos AFP que administran más de 6,000 millones de dólares que constituyen el fondo de pensiones. Los intereses de estos bancos en las AFP son marginales en relación a los intereses que manejan como propietarios del City Bank [escrito así, incorrectamente, en el original] y Banco Agrícola, en El Salvador, no digamos los intereses que manejan a nivel mundial. El City es el segundo banco más grande de los Estados Unidos, o sea, quitarles el Fondo de Pensiones es como quitarle un pelo a un inmenso gato siamés. Esta medida de desprivatizar la Administración de los Fondos de Pensiones le quitaría 23,500 millones de deuda al Estado y aliviaría el problema fiscal."

Hay varias cosas en este párrafo que señalan las diferencias entre Sánchez Cerén y Mujica.

Primero, en este párrafo Sánchez Cerén demuestra que no tiene ningún empacho en apoderarse de propiedades ajenas sin indemnizar a los dueños, que es equivalente a robo. Que esto es lo que él piensa hacer es obvio porque dice que al quitarles los fondos de pensiones reduciría la deuda del Estado en 23,500 millones de dólares—algo que no podría suceder si el Estado tuviera que pagar por las pensiones expropiadas. En este párrafo, pues, Sánchez Cerén propone usar al gobierno para cometer actos arbitrarios como el robo—que es totalmente lo contrario de lo que ha hecho Mujica en Uruguay.

Segundo, la excusa que él da para robarse los fondos de pensiones identifica erróneamente al propietario de dichos fondos. El cree que los dueños son los propietarios de las empresas administradoras de fondos de pensiones (AFPs). Estos, como su título indica, sólo administran los fondos por cuenta de los propietarios, los trabajadores que han ahorrado para sus pensiones. Por ignorar algo tan elemental, él propone robarle a Citibank y Bancolombia sin darse cuenta de que está proponiendo robarle a los salvadoreños que ahorran para pensionarse. Esto, además de la deficiencia moral, demuestra la ignorancia financiera de Sánchez Cerén, que es tan profunda que es incompatible con el manejo eficiente del estado que realiza un presidente como Mujica.

Tercero, al pensar que puede robar 23,500 millones de dólares sin consecuencias, sólo alegando que es igual que quitarle un pelo a un gato, Sánchez Cerén muestra una igualmente profunda ignorancia de las leyes nacionales e internacionales y un desconocimiento de las realidades del mundo.

Cuarto, mientras que Mujica ha atraído la inversión local y extranjera protegiendo el estado de derecho, Sánchez Cerén ni siquiera se da cuenta de que al proponer robarle sus propiedades a los inversionistas (que es lo que él cree que está haciendo sin darse cuenta de que la víctima del robo serían los salvadoreños que ahorran para sus pensiones) está alejando la inversión aún más drásticamente que los exabruptos del Presidente Funes. ¿Quién va a querer invertir en el país si el presidente piensa que robar los activos de los inversionistas no tiene ninguna implicación moral distinta a la de quitarle un pelo a un gato?

En el fondo, la diferencia es que Mujica ha obtenido su éxito respetando y promoviendo la institucionalidad de su país, lo que lo convierte en un líder del futuro de Latinoamérica, mientras que Sánchez Cerén es todavía un representante de la primitiva arbitrariedad que ha caracterizado a los obsoletos caudillos de izquierda y derecha que han mantenido a la región en el subdesarrollo con ofertas populistas y palabras vacías. Si las agencias de publicidad que manejan su imagen decidieran retratar su realidad, no el engaño que quieren realizar, tendrían que mostrarlo abrazándose no con Mujica sino con esos caudillos obsoletos—Anastasio Somoza, Fidel Castro, Hugo Chávez, Rafael Trujillo, Alfredo Stroessner—que han usado distintos frentes ideológicos para imponer su arbitrariedad caprichosa por sobre la institucionalidad.

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