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MANUEL HINDS - 27 abril 2012

El resultado del descuido
         
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Cualquier cosa que se descuida se deteriora. Cuando se descuida del todo se deteriora del todo. La población de El Salvador ha descuidado el manejo de estado y la política por muchos años, y los resultados se están volviendo evidentes en la sesión maratónica que la Asamblea Legislativa está celebrando para aprovechar hasta el último minuto de una mayoría ilegítima para pasar legislación que beneficia no al país, sino a los grupos que la controlan.

Las noticias malas parecen no tener fin, desde el nombramiento ilegal e ilegítimo del Fiscal y los magistrados de la Corte, a nuevos préstamos orientados a seguir financiando el desperdicio más grande de recursos en toda nuestra historia, hasta aumentos a salarios de los diputados mismos que participan en las comisiones. Hemos permitido que cualquiera pueda llegar a cualquier posición en el gobierno, ocupar los poderes del Estado para perseguir objetivos puramente personales, y hacerlo con toda impunidad y desvergüenza. En el proceso el país está cayendo al nivel más bajo en el que ha estado en toda su historia. El Salvador, que pareció en un momento estar encaminado hacia el estado de derecho, se está convirtiendo en una parodia de dicho régimen. El lodo y la inmundicia que está rebalsando desde el ámbito público está ensuciando la vida entera, pública y privada, de la nación.

Desgraciadamente no parece que este nivel sea el más bajo que el país alcanzará en estos años. Hay por lo menos dos años más en los que la institucionalidad del país seguirá cayendo (al fin y al cabo es para seguir erosionándola que se planeó hacer todo lo que se ha hecho en la Asamblea). La impunidad selectiva seguirá erosionando la integridad de nuestras instituciones.

Es importante entender que no tenemos a nadie más a quien culpar por esta desgracia que se ha enquistado en el país, sino sólo a nosotros mismos. Los únicos que podemos detener este proceso somos nosotros mismos. Hasta ahora la elite del país, las personas que tienen la capacidad de influir en los eventos nacionales, viejos y jóvenes, de izquierda y derecha, se han dedicado a vivir su vida individual creyendo que la vida colectiva debe ser, de alguna manera, garantizada por alguien más —los partidos políticos, los que escriben en los periódicos, los funcionarios del gobierno. Esto se pinta muy comúnmente como una actitud egoísta. No lo es. Es una actitud estúpida, aun desde el punto de vista de alguien egoísta, porque, como se está viendo en estos momentos, lo que sucede en las dimensiones públicas afecta enormemente la vida individual.

Darle vuelta a este estado de cosas no va a ser fácil. El cáncer se dejó avanzar demasiado, y ya tomó órganos cruciales. Pero todavía es posible rescatar al país. Todo lo que se necesita es que abandonemos esta falsa polarización ideológica, que es alimentada por los grupos clientelistas que luego la usan para explotar al pueblo mismo, y nos unamos todos en defensa de la decencia, la libertad y los derechos individuales. Hay que hacer sentir el peso de la opinión pública. Hay que abandonar todas esas falsas excusas para no participar en política o en actividades cívicas. Si la gente honesta no lo hace, que nadie se queje luego de que el país ha caído a donde ha caído. Nadie nos va a defender si no lo hacemos nosotros mismos.

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