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MANUEL HINDS - 27 marzo 2012

El precio del populismo
         
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El resultado de las elecciones del 11 de marzo demuestran muy claramente que el pueblo salvadoreño está aprendiendo muy rápidamente una serie de amargas lecciones sobre el costo de caer en la trampa de las promesas populistas. En una época la mayor parte de los salvadoreños pensaron que este costo recaía sobre los ricos para beneficiar a los pobres. Estos fueron los años que antecedieron a la guerra, cuando tanta gente creía que la posesión de tierra era una garantía de riqueza, de tal forma que con solo quitársela a los que la tenían todos los otros se harían ricos. Pero entonces vino la guerra y con ella la enorme decepción de la reforma agraria. El gobierno le robó la tierra a los agricultores, o gran parte de ella al pagarle precios irrisorios por sus propiedades, para darla a campesinos que procedieron a manejarlas tan mal que prácticamente todas las cooperativas beneficiadas con la reforma agraria han fracasado estrepitosamente. Las únicas que han logrado sobrevivir han sido las que tuvieron la suerte de tener tierras con playa, que han podido vender a precios altos, comiéndose su capital. Los que fracasaron con este proyecto dicen que el fracaso se debió a que el gobierno no les dio financiamiento ni asistencia técnica a los campesinos. Esto es mentira. El gobierno nacionalizó también los bancos precisamente para darles crédito a las cooperativas, les dio el crédito con extensión agrícola, y aun así las cooperativas fracasaron.

El gobierno de entonces y los partidos políticos populistas nunca quisieron reconocer que lo que determinó el fracaso de la reforma agraria es que eliminó al elemento clave del desarrollo económico, el empresario, que es el que coordina el crédito, el conocimiento técnico y la propiedad de los medios de producción (la tierra, la maquinaria, la infraestructura) para realizar la producción y el crecimiento. Los populistas no se dieron cuenta de esto, o no quisieron admitirlo, pero el pueblo sí lo reconoció, y lo reconoció tanto que en menos de una década la población rural, que durante los setenta y los principios de los ochenta se había radicalizado de izquierda y había demandado la reforma agraria, se convirtió en la base masiva del nuevo partido de derecha que surgió durante la guerra: ARENA. A mucha gente, no al pueblo mismo, se le olvida que el fundamento de ARENA fue, y sigue siendo, la población rural y los pobres, y los más pobres de los pobres, los que se hundieron cuando el gobierno hizo la reforma agraria, descabezó a las empresas agrícolas y dejó que todos los que dependían de ellas se hundieran en el fracaso populista. De esta forma los campesinos aprendieron que el quitarle la propiedad a sus dueños no transfiere riqueza, sino que crea pobreza.

Pero una gran parte de la clase media y de los que estaban a punto de entrar en ella no aprendieron la lección, y siguieron pensando que lo que se necesitaba para progresar más rápido, para tener más rápido su casa, y uno o dos carros, y muchos televisores y ipads era tener un gobierno que redistribuyera la riqueza y el ingreso de los ricos a los pobres, incluyéndose, por supuesto, dentro de los pobres que recibirían el maná quitado a los ricos. Tuvo que venir este gobierno para que también la clase media entendiera dos cosas. Primero, que los gobiernos populistas, los que ofrecen el oro y el moro, gastan enormes cantidades de dinero, pero no para mejorar al pueblo, sino para mejorarse ellos mismos. Y, segundo, que a los que les sacan el dinero para cubrirse en él es al pueblo mismo, de dos maneras: Una es deprimiendo la inversión privada con impuestos y retórica agresiva para hacerse los revolucionarios. La otra es sacándole más impuestos a las clases medias, deprimiéndoles las pensiones pagándoles tasas míseras de interés en el dinero que el gobierno arrebata a las Administradoras de Fondos de Pensiones, y volviéndoles cada vez más cara la vida a través de más burocracia y más obstáculos a la actividad económica. La clase media pierde trabajos y recibe salarios menores como resultado de estas dos maneras en las que los gobiernos populistas se mantienen política y económicamente.

Pero así como sucedió en los ochenta, el pueblo ha comprendido que el costo del populismo lo paga el pueblo mismo. Que lo ha entendido se vio en las elecciones. Y se vio mucho más claramente de lo que denotan los resultados en términos de diputados. Paul Steniner ha computado los resultados que se hubieran dado si en cada departamento hubieran entrado a la Asamblea los diputados que tuvieron más votos, es decir, por ejemplo, si en San Salvador hubieran entrado los 25 con más votos y así en todos los departamentos. Esta manera de elegir, que es la justa, habría dado 48 diputados a ARENA (más que lo necesario para la mayoría simple), 34 al FMLN, uno a GANA y uno a CN/PE. El que no lea bien estos resultados y crea que el FMLN todavía tiene una fuerza comparable a la de ARENA, o que GANA será un factor en la política del futuro, se pone en la misma situación que uno que en 1989 hubiera creído que el futuro de la política salvadoreña estaba en el Partido Demócrata Cristiano. El precio del populismo ya lo pagó el pueblo. Ahora quiere seriedad y les pasará el costo a los políticos que no entiendan esto.

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