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SALVADOR SAMAYOA - 06 marzo 2013

La muerte de Chávez Candanga
         
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En Venezuela, "candanga" es un término que se utiliza para referirse a los hombres combativos, de carácter fuerte. En otro uso, puede designar al diablo mismo, al demonio en su mítica connotación de príncipe de los ángeles rebeldes. A Hugo Chávez probablemente le gustaban todas estas acepciones como atributos de su extraordinaria y controversial personalidad. El era "Chávez candanga" por designio propio, hasta en su cuenta de twitter.

Chávez fue, sin duda, un hombre fuerte, combativo, enérgico, poderoso, avasallador, soberbio, autocrático, mesiánico y vengador; un líder arrogante, altivo, desafiante y arbitrario en grado superlativo; un ser contradictorio: injusto y justiciero, humanista y pendenciero, poseído a la vez por "el dios de la furia y el demonio de la ternura", como aquellas palabras que salieron un día "de la cárcel hacia la lluvia".

Su delirio de grandeza lo llevó, tal vez, a creerse inmortal. Por eso le costó tanto al Comandante morir, y a sus más allegados despedirlo y dejarlo partir.

Cuando muere un hombre así, cuesta creerlo. Cuando recordamos la prepotencia implacable con la que fustigó y amenazó o encarceló a sus adversarios políticos, la frialdad inapelable con la que despojó de sus propiedades a tantos productores, la increíble arbitrariedad con la que nombraba y destituía funcionarios frente a las cámaras de televisión, la cantidad de miles de millones de dólares de la que disponía sin mayores controles para repartir como dádivas entre los más necesitados, o para fortalecer a sus amigos políticos en otros países, o para enriquecer sus propias arcas familiares, no podemos dejar de pensar en el inmenso poder que tenía el Comandante.

Cuando recordamos que controlaba a su antojo todos los Órganos y todas las instituciones del Estado, sin contrapeso alguno, con posibilidad de decidir a su antojo, entre otras cosas, la ejecución de gastos militares por miles de millones de dólares en submarinos, aviones de guerra, helicópteros de combate y decenas de miles de Kalashnikovs para sus tropas, resulta realmente impresionante el grado de poder personal que Chávez detentaba.

Con tanto y tan ostensible poder, sus adeptos lo vieron siempre como un héroe invencible. Sus víctimas, como un villano invencible. Además, hace solo unos meses parecía que tendría cuerda para otros 14 años de poder indesafiable. Parecía inmortal, pero murió. Murió sin que todo el poder, el dinero, la ciencia y la tecnología disponible pudiera evitarlo. Murió y nos hizo recordar la única certeza de la vida. Murió y nos hizo recordar los versos de Horacio: "Bate la muerte pálida con pie de igual pujanza la torre de los reyes y el rancho del pastor".

Ahora quedan muchas interrogantes políticas para Venezuela y para otros países, como el nuestro. Preguntas más o menos importantes, dependiendo de la medida en que los que los petrodólares de Chávez hayan influido en la configuración del poder y en toda la trama política nacional.

Las implicaciones y los escenarios que deja la muerte de Chávez se van a comentar y a debatir hasta la saciedad en los próximos días, semanas y meses. Esta discusión tendrá para rato en sus coordenadas más políticas. Por ahora, lo más interesante, o lo único realmente interesante es un fenómeno más propio de la sociología o de la psicología social que de la política: la profunda consternación, el dolor, el desconcierto el desamparo de millones de venezolanos, sobre todo de personas muy pobre, para los que Chávez fue una especie de redentor.

Candanga, sin duda fue ángel y demonio. Los que defienden su revolución por cambios estructurales o sistémicos en las condiciones de vida de la gente están equivocados. Esa no es la razón por la que tanta gente pobre llora ahora la muerte de Chávez. Con su ausencia quedará tristemente en evidencia que a la gente se le irán extinguiendo de a poco las ayudas y tendrá que enfrentar la crudeza de una economía deprimida, con mucha inflación y poco empleo. El gran escritor Carlos Fuentes dijo un día que Chávez era "un Mussolini tropical que disponía con benevolencia de la riqueza del petróleo al tiempo que sacrificaba las fuentes de producción y empleo". Esa podría ser una buena definición. La economía y la democracia se deterioraron, pero mucha gente se sintió bien por primera vez en su vida.

Lo que Chávez le dio a la gente pobre fue un sentido de dignidad. Por eso lo querían tanto. Las élites y los partidos tradicionales dejaron a Venezuela con el sistema político en ruinas, con el PIB cayendo todos los años, con una corrupción generalizada y con tres de cada cuatro venezolanos en situación de pobreza. Chávez no comenzó siquiera a superar la pobreza, solo la amortiguó, pero no ignoró a los pobres como hicieron las viejas élites. Al contrario, las abrazó.

El fenómeno político de Chávez, su carisma y su popularidad debieran dejar una lección a otros países. No es bueno que ningún niño crezca, como Chávez, en un rancho de paja con piso de tierra. No vaya a ser que un buen día el niño crezca con una extraña carga de frustración y orgullo, se haga mayor y salga a ponerle una carga de dinamita al Estado y a la sociedad que lo marginó y lo humilló.

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