La mayoría desea una buena educación superior para nuestros hijos y buscamos que logren un título universitario que les prepare para llevar una carrera profesional y les provea sustento para aspirar a una vida personal exitosa. Pero para Presidente de la República las mayorías prefirieron al que habla más bonito, al que ofreció más, al que hizo mejor publicidad, sin detenerse a cuestionar su real capacidad para manejar el complejo órgano Ejecutivo y poder cumplir sus promesas. Para Presidente en las dos últimas contiendas electorales los salvadoreños escogieron a un locutor de radio y a un entrevistador de televisión. Esos son oficios dignos que requieren especial talento, por supuesto, pero hablar bonito no basta para ser un buen gobernante. Eso es como si solo tener el traje del piloto bastara para pilotear un avión.
Nadie volaría en un avión comercial cuyo piloto es un bachiller, por agradable y bien articulado que fuese, si no tiene preparación en aeronáutica. Nadie tendría confianza en una aerolínea cuyo Presidente y altos ejecutivos son bachilleres. Usted no colocaría sus ahorros en un banco cuyo Presidente es solo bachiller, adonde los gerentes no cuentan con estudios superiores ni preparación en finanzas. Arriesgaríamos, o más probablemente, perderíamos la vida con el piloto bachiller. Igualmente, perderíamos nuestros ahorros en un banco que no es manejado por profesionales. ¿Por qué entonces depositamos el país en manos de bachilleres?
La Ley exige instrucción notoria para muchos cargos públicos, como para el caso del Superintendente de Competencia, quien debe ser abogado, con conocimiento notorio y experiencia en la materia. Pero para cargos de gran jerarquía y de aun mayor responsabilidad, como Presidente de la República, Presidente o Directivo de la Asamblea Legislativa, ni siquiera debemos comprobar que los candidatos sepan sumar, leer, ni escribir. No importa que tengan títulos falsos o que ni siquiera tengan título universitario. No exigimos ni siquiera que estos entiendan la diferencia entre un impuesto y una contribución, la diferencia entre licitar y otorgar de dedo un contrato de gobierno, la diferencia entre inversión y gasto, la diferencia entre hablar de transparencia y ser transparente en realidad, ni que tengan la preparación académica y práctica que demandan sus enormes responsabilidades. Al elegir gente sin capacidad ni preparación el país entero paga las consecuencias. Es una receta para la mediocridad dejar el país en manos de bachilleres.
Recuerdo que en visitas oficiales a Taiwán, cuando se presentaban los funcionarios del gobierno y los diputados de su congreso, me sorprendía que en la tarjeta de presentación todos colocaban el título y el nombre de la universidad adonde habían estudiado. Los diputados no solo eran graduados de universidad, tenía la mayoría al menos una maestría. Con toda lógica, los taiwaneses escogen a gente preparada para ostentar los cargos de alta responsabilidad pública y esto, entre otras razones, le ha servido a Taiwán para superarse como nación. En cambio, muchos de nuestros diputados aparentemente ni siquiera leen las leyes por las que dan su voto.
Ya no es época para bachilleres. Competimos en un mundo globalizado que demanda profesionalismo y efectividad, adonde debemos ser más autoexigentes. Merecemos más. Podemos ser mejores. El Salvador necesita exigir más de sus líderes, quienes deben ser ejemplo en los diferentes campos de la vida nacional. No debemos conformarnos con la mediocridad, o estaremos condenados a permanecer en ella. Ojalá nuestros actuales diputados tuvieran la valentía y visión progresista para aprobar una ley en la que se exija educación notoria para ser Diputado y Presidente de la República y para ostentar cualquier cargo público que incida significativamente en la vida nacional.
De igual forma, ojalá los salvadoreños en la próxima contienda electoral escojan como Presidente a un profesional, con educación notoria y capacidad comprobada
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MIGUEL LACAYO
2013-05-03