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JOAQUÍN SAMAYOA - 04 mayo 2012

Resistencias, reparos y reproches
         
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Hay que reconocer, de entrada, que son legítimas muchas de las preguntas y objeciones que el sector empresarial y los ciudadanos en la llanura han estado planteando en relación con el manejo que el gobierno está haciendo del problema de las pandillas. Pero también hay que caer en la cuenta de que la discusión está bastante contaminada por las desavenencias y tensiones que prevalecen en las relaciones entre gobernantes y gobernados. La reunión que sostuvo esta semana el presidente Funes con el liderazgo empresarial no logró establecer un clima propicio para la cooperación.

Lo anterior es comprensible y no sería mayor problema si pudiéramos entender esa reunión como el inicio de un diálogo sincero que pueda ir despejando las dudas y generando confianza. Sin embargo, no es primera vez que el presidente convoca y los empresarios acuden a reuniones similares a las que luego no se les da continuidad. No es primera vez que en esas reuniones se mantiene una actitud protocolaria pero horas más tarde los asistentes desembuchan sus reparos frente a las cámaras de televisión, en vez de ventilarlos con franqueza, cara a cara, en el transcurso de la reunión.

Tanto va el cántaro al agua que termina quebrándose, dice el refrán popular. Tanto se han recriminado mutuamente el presidente y los empresarios, que se ha roto la comunicación al saturarse de resentimientos y desconfianza.

Es evidente que los líderes empresariales están curándose en salud y mantienen una actitud defensiva porque sospechan cómo viene la jugada. El presidente ha reducido las causas del problema de las maras a la falta de oportunidades de empleo y les está trasladando el bulto a los que supuestamente deben cargar con la responsabilidad de generar empleo. Resulta claro, entonces, a quién habría que culpar si los acuerdos alcanzados con los líderes de las pandillas no llegan a ser sostenibles. Ya antes el presidente los ha culpado en repetidas ocasiones por resistirse a aceptar una mayor carga impositiva para financiar los programas y acciones que supuestamente permitirían enfrentar más eficazmente la delincuencia.

Los empresarios no quieren caer en esa trampa, pero en sus esfuerzos por argumentar de manera más elocuente su resistencia, están diciendo algunas cosas que me parecen enteramente válidas y otras que yo les recomendaría reconsiderar.

En primer lugar, a muchos salvadoreños, no sólo a los empresarios, nos está cayendo como patada ya saben dónde la insistencia del Sr. Raúl Mijango y del presidente Funes en afirmar que los pandilleros son criminales porque no tuvieron o no tienen oportunidades de empleo. Esta falacia golpea particularmente a cientos de miles de salvadoreños que se rebuscan para solventar sus necesidades sin recurrir al crimen y, menos todavía, a la violencia grotesca que tanto sufrimiento ha causado a la familia salvadoreña.

En segundo lugar, en la medida en que las oportunidades de empleo constituyen un importante elemento en la estrategia de solución, hay que tener en cuenta que la creación de empleo requiere condiciones objetivas que debe poner el Estado y no únicamente la supuesta magia de la voluntad empresarial. Y esta es hora que el gobierno de Mauricio Funes no da señas de tener una estrategia coherente y realista para propiciar la generación de empleo.

Hay que entender además que la voluntad de los líderes pandilleros, aun si es genuina o merece al menos el beneficio de la duda, no se traduce fácilmente en cambios profundos de actitud y valores en todos esos jóvenes que prefieren el recurso fácil a la extorsión que joderse día a día, con disciplina y constancia, en un puesto de trabajo. Tampoco vemos estrategia o programas para empezar a promover estas transformaciones en la subcultura del crimen y la violencia.

Hay, pues, mucho de qué hablar sobre el tema del empleo como problema de oferta y también como fenómeno de demanda. Si el presidente y los empresarios logran superar su casi natural impulso a recriminarse y culparse mutuamente, algo muy bueno podría salir de reuniones como la que se llevó a cabo a mediados de semana en Casa Presidencial. Pero la mesa técnica de la que hablan no debe instalarse mientras el presidente y los líderes empresariales no hayan avanzado en la armonización de visiones y en la depuración de actitudes negativas hasta consolidar una genuina voluntad de cooperación.

Los empresarios y todos los salvadoreños necesitamos además una mayor transparencia de parte del gobierno para comprender su estrategia y sus iniciativas en el combate contra la criminalidad. Sin embargo, creo que se equivocan y obstaculizan enormemente el esfuerzo de pacificación "por las buenas" que se ha iniciado en los centros penales los que no entienden o no aceptan que se trata de un proceso inédito en el que hay que hacer camino al andar. Estas iniciativas no pueden prosperar si no estamos dispuestos a asumir algunos riesgos; si exigimos tener todo claro y todo resuelto antes de empezar a caminar; si en vez de trabajar juntos para obtener resultados estamos inquietos y preocupados por quién ha de llevarse los méritos o los réditos políticos del éxito.

El diálogo con los pandilleros es la única esperanza real, aunque frágil y tenue, que hemos tenido desde que este problema comenzó a rebasar las capacidades de las instituciones del Estado. ¡Cuántas veces hemos repetido que no es posible esperar resultados diferentes si seguimos haciendo las mismas cosas y de la misma manera! Seamos, entonces, consecuentes y no ahoguemos la débil llama de esa esperanza con dudas, reproches y exigencias, por legítimas o comprensibles que éstas sean.

Que quede claro que no estoy abogando por carta blanca al gobierno ni por tolerancia a las falsedades en la información que nos brinda. Tampoco le pido a nadie que sea ingenuo, aun reconociendo que la palabra de los líderes pandilleros es más confiable que la de muchos políticos. Lo que nos está haciendo falta es encontrar la manera de ser críticos y vigilantes frente a las actuaciones del gobierno, sin que ello impregne de desconfianza o rechazo todas las valoraciones sobre enfoques y tácticas que no pasan por caminos convencionales.

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