Tanto lío para que podamos votar por personas y no sabemos siquiera cómo se llaman esas personas. Sólo conocemos a aquellos que, con fondos propios o del partido, han hecho mucha publicidad. Hay un tremendo error de concepción en lo de la "deuda política"; se entiende como deuda del Estado con los partidos, cuando debiera ser deuda del Estado y de los partidos con los ciudadanos. Ese dinero que sale del bolsillo de los contribuyentes debiera gastarse exclusivamente en divulgar información relevante, no en propaganda que no nos gusta y no nos sirve.
Pero, bueno, así son las cosas. Afortunadamente, como hace varios años los legisladores reconocieron que la campaña y la propaganda no sólo no ayudan sino que estorban la reflexión que debemos hacer los ciudadanos, tuvieron la sensatez de prohibir toda propaganda electoral durante los tres días previos a una elección. Sin costo alguno para nadie, esos tres días ofrecen una oportunidad para pensar sosegadamente las cosas y poner en la balanza las virtudes y los defectos que hemos podido observar al menos en algunos candidatos.
Nos queda ya uno solo de esos tres días para pensar. La consecuencia de no hacerlo, bien puede ser tres años, o muchos más, a la deriva, sin leyes que ayuden realmente a resolver problemas, sin funcionarios aptos y honestos en los cargos sujetos a elección de segundo grado, sin controles efectivos al endeudamiento y al gasto público improductivo, o peor aún, con leyes que socavan los cimientos del sistema democrático.
Las elecciones son algo mucho más serio que un evento deportivo. Todos podemos darnos el lujo de fanatizarnos con el Barza o el Madrid, porque al fin de cuentas nuestra devoción no impacta en lo más mínimo el resultado de los partidos y el resultado de los partidos no impacta en lo más mínimo nuestras vidas. Un caballo no corre más rápido o más despacio porque haya muchas o pocas apuestas a su favor. Pero las elecciones son algo muy diferente.
En política no hay un Messi que pueda marcar cinco goles en un partido. No hay un Madrid que mueve la pelota con gran precisión y armonía orquestal. Por muy buenos que se crean, por muy sensato y coherente que parezca su discurso, por muy atractivas que sean sus promesas, los políticos son solo seres humanos, con muchos defectos y algunas virtudes, con nobles o no tan nobles intenciones, con algunas capacidades y con notorias limitaciones. Ya hemos vivido suficiente tiempo en democracia como para seguir profesando idolatrías.
Uno de los resabios psicológicos del autoritarismo es la disposición de mucha gente a permitir que otros decidan por ellos. La campaña del voto por bandera explota esa tendencia a la sumisión, ese temor a decidir con libertad. La idea que se busca hacer prevalecer es que el partido, y dentro del partido unos pocos individuos, saben mejor que nadie lo que le conviene a la gente.
Los tres días de reflexión antes de una elección debieran servir para limpiar toda la basura propagandística que nos han estado echando; debieran servir para examinar sin prejuicios y con sentido práctico las opciones, las malas y las menos malas, porque buenas no parece haber. Uno siempre corre el riesgo de equivocarse. El poder cambia, casi siempre para mal, a casi todas las personas. Pero esa y no otra es la realidad en la que debemos vivir. Con esos bueyes tenemos que arar. Más nos vale escoger bien a los más sanos, a los más nobles.
En las pocas horas que quedan para ir a las urnas, sería muy provechoso tomar conciencia de las muchas cosas importantes que dependen, directa o indirectamente, de votaciones en el pleno legislativo. Es mucho lo que se juega en esta elección. Por limitaciones de espacio, comento solo un par de ellas.
A las inmediatas, la nueva Asamblea tendrá que tomar decisiones para evitar que el país caiga en bancarrota. Ya nos advirtió de ese inminente peligro el presidente del BCR. Los políticos populistas e irresponsables sólo piensan en revertir la dolarización para que el gobierno pueda imprimir moneda nacional y pagar salarios con dinero devaluado. Piensan en caerle al dinero de nuestras pensiones y a los fondos que las empresas aportan al INSAFORP, piensan en seguir incrementando impuestos a los mismos que ya contribuyen bastante. ¿Es eso lo que queremos?
Los políticos populistas proponen o aprueban la erogación de cientos de millones de dólares en dádivas y paliativos que dejan a la gente sumida para siempre en su pobreza. Más sensato sería lo que otros proponen, invertir ese dinero en infraestructura y programas sociales que ofrezcan una posibilidad real de superación a las personas, para que no tengan que depender toda la vida del favor que hacen los gobernantes con dinero ajeno. ¿Qué prefiere usted?
Piense. No me diga que da igual. Por mucho que le gusten los colores de uno u otro partido, las banderas y los discursos no ponen pan en la mesa, no llevan bienestar a las comunidades ni progreso al país. Eso sólo podemos hacerlo las personas, con el apoyo de legisladores y gobernantes que le apuestan de verdad a nuestro potencial, que saben dónde nos aprieta el zapato, que llegan a sus cargos a servir y no a servirse.
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JOAQUÍN SAMAYOA
2013-04-05