Y no les falta algo de razón en esa última apreciación. Basta recordar que todos los partidos se fueron en blanco con el decreto 743, aunque ARENA rectificó prontamente su posición y mostró un poco más de sensibilidad que los demás ante la reacción de una gran cantidad de organizaciones de la sociedad civil que se pronunciaron con firmeza en oposición a los intentos de socavar la independencia de los poderes del Estado. Al final fue la firmeza de la Sala de lo Constitucional de la CSJ, más que la sabiduría de los legisladores, lo que ayudó a solventar la crisis que se había ocasionado.
Hay otros muchos ejemplos de actuaciones lamentables del órgano legislativo, algunos de ellos bastante recientes. Se tardaron años discutiendo la ley de medicamentos y finalmente aprobaron un decreto que crea más problemas que los que resuelve. ARENA sostuvo su oposición a algunos elementos del proyecto de ley, pero finalmente hizo un cálculo de política electoral y terminó dando sus votos, para que no lo hicieran verse como el partido que defiende los intereses de las grandes compañías farmacéuticas en perjuicio de los intereses y derechos de la población. En otras palabras, fue débil, no tuvo agallas para mantener hasta el final la defensa de sus principios.
En ese punto, ARENA debe tomar lección del FMLN, que a pesar de enormes presiones y posibles costos políticos, mantuvo su negativa a darle estatus constitucional a una definición de matrimonio que está ya claramente establecida en el código de familia. Pero esa decisión se queda muy corta si tenemos en cuenta que todos los partidos, incluido el FMLN, han mostrado una enorme debilidad intelectual en su verbosa defensa de la familia. A unos no se les ocurre nada mejor que oponerse al matrimonio entre homosexuales, como si eso fuera una amenaza real o la amenaza más importante a la integridad familiar. Otros se han dejado encajonar en esa discusión y han perdido una buena oportunidad para abordar con más lucidez los problemas de la familia salvadoreña.
Y hablando de esos temas, recordemos la famosa LEPINA, que se elaboró participativamente y contó con aprobación casi unánime de todas las fracciones legislativas, pero es una ley tan deficiente que ni siquiera ha podido empezar a aplicarse. La LEPINA es una apuesta a la burocracia estatal como solución de los problemas sociales. Los niños y adolescentes siguen tan desprotegidos como siempre han estado.
Unas veces por defensa de intereses sectarios, otras veces por compra-venta de voluntades políticas, y más frecuentemente por mera incompe tencia y desconocimiento de los problemas, o por prejuicio ideológico, el desempeño de la Asamblea Legislativa deja mucho que desear. Y, para alivio de males, ese órgano del Estado gasta grandes sumas de dinero en asesores que nadie sabe lo que aportan, y en el vano intento de recuperar con propaganda el prestigio que debieran merecer con sus actuaciones.
Esa es la parte negativa, la que está más a la vista, la que abona al escepticismo de muchos ciudadanos ante el próximo evento electoral. Pero de ahí a concluir que da igual quién llega a la Asamblea hay una gran distancia. También ha habido algún buen trabajo en la Asamblea, y no cabe duda de que algunos diputados y algunos partidos aportan mucho más que otros al esfuerzo y a los resultados en el órgano legislativo.
Entre los contendientes en esta próxima elección hay importantes diferencias de visión, conocimiento, honestidad, convicción democrática y disposición a escuchar y tomar en consideración las ideas e intereses de sus representados. Es cierto que a los votantes nos resulta sumamente difícil hacer una evaluación comparativa de las cualidades, virtudes y defectos de los candidatos, pero algo sabemos o podemos averiguar y, a falta de conocimiento, la intuición es buena consejera.
Todos tenemos nuestras propias nociones sobre cuáles de las cosas que dependen de la Asamblea Legislativa son más importantes y cuál partido o cuáles personas ofrecen mejores posibilidades de promover ciertas ideas, defender determinados intereses, proteger principios constitucionales y superar barreras ideológicas para alcanzar entendimientos. Con nuestro voto, al menos podemos evitar que nos lleven por un camino que después tendríamos que lamentar.
A mí, por ejemplo, no me gustan los que cambian de partido y burlan la voluntad de quienes los eligieron; no me gustan los que obstruyen sin razón al gobierno, pero tampoco los que se le someten a cambio de favores; no me gustan los que engañan al pueblo; los que en vez de cuidar nuestro dinero sólo piensan en ponernos más impuestos; los que prefieren gastar en camisas y zapatos que en mejorar la calidad de la educación; no me gustan los que no tienen agallas para contrariar a su partido cuando ello es necesario para buscar el bien común.
No tengo entusiasmo desbordante ni grandes expectativas, pero estoy convencido de que no da igual quién llega a la Asamblea o a las alcaldías. ¿Vale la pena votar? Yo creo que sí.
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JOAQUÍN SAMAYOA
2013-04-05